Otro suicidio hipotecario....
Inmigrante ecuatoriano, dice que los bancos le engañaron para comprar un segundo piso y ahora le amenazan con quitarle todo lo que tiene. Sólo pide un trabajo
Patricio Ochoa vive su Navidad más triste. Es una cara de la crisis: sin empleo, sin ayuda y embargado
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La crisis tiene cuatro millones de rostros. Los de aquellos que cada día se levantan con energías renovadas para seguir buscando un empleo en el cada vez más complicado mundo laboral; la de los mismos que, por la noche, se acuestan abatidos y angustiados por un futuro cada vez más negro. Algunos, los menos, aún disfrutan de algún tipo de prestación; otros, hacen malabares con la ayuda de los famosos 426 euros. Pero febrero, para estos últimos, se presenta en el horizonte como el punto de inflexión, como un antes y un después. La supresión de la ayuda les envía al abismo del que habla Patricio Ochoa, un ecuatoriano al que antes los bancos le invitaban a tomar café. «Ahora les doy asco», dice.
La historia de Patricio se remonta a 1999. Cruzó el charco y, lejos de su mujer y sus hijos, comenzó a trabajar en cualquier cosa. Le fue bien. «A base de esfuerzo», dice. «No vine a mendigar y no quiero hacerlo». Cuadras de caballos, agricultura, construcción... Su currículum acumuló empleos y responsabilidades hasta que, en el 2006, después de traer a su mujer y a sus cuatro hijos de Ecuador y comprar, en el 2003, el piso en el que viven en la calle Gonzalo de Berceo de Logroño, apostó por convertirse en empresario. Con el mismo esfuerzo y dedicación, su apuesta salió ganadora. «Movíamos entre 40.000 y 50.000 euros al mes», recuerda. «Todo era fácil, el banco te mandaba cartas ofreciéndote hasta 100.000 euros para comprar terrenos y construir pisos... Cuando pasaba por la oficina, siempre me invitaban a un café. Ahora casi no puedo pasar por la puerta».
«El error de mi vida»
Y en ese momento, fue cuando cometió «el mayor error de mi vida: comprar otro piso en la calle San Matías». «Me convencieron para que comprara la casa. Me engañaron, me mintieron. Me pusieron todo fácil con sus tasadores, con sus inmobiliarias... Me facilitaron todo el dinero, mucho más del cien por cien. Me dijeron que lo alquilara, que se pagaría solo y que así, cuando volviera a Ecuador, podría ir con dinero. Compré el piso y ahora no lo puedo pagar», lamenta con amargura.
Ahora, su día a día es pura rutina: buscar trabajo. A esa tarea empeña buena parte de las 24 horas. «He mandado más de 1.000 currículum. Incluso regalo el trabajo del periodo de prueba porque sé que les voy a gustar. No estoy para hacer el tonto. Estoy para trabajar. Donde sea. En Logroño, en Madrid, en Barcelona, en Bilbao...».
Aquel piso de tres habitaciones para el que recibió un préstamo de 174.000 euros pronto se convirtió en un quebradero de cabeza. «En el 2007 fui al banco con unos abogados y les dije que no lo podía pagar, que se lo quedaran, que buscáramos una solución». 24 horas después el propio banco le llamó: «Me dijeron que cómo iba con abogados, que me pasara solo, que éramos amigos, que había confianza. Fui y me convencieron para que ampliara el préstamo 24.000 euros, que fuera a 40 años y así pagaba 200 euros menos al mes». En total, 600 euros mensuales que sumar a los 800 del piso en el que viven. Las cuentas no cuadraba. Ahora, siguen sin cuadrar.
El dinero o el piso
Los dirigentes del banco que antes eran sus amigos, llegaron, denuncia Patricio, a acosar a su mujer. «Estuve cerca de un año fuera del país intentando trabajar y durante ese año casi acaban de matar a mi mujer. Le llamaban para que fuera por allí y ella iba a llorar y les pedía por favor no nos echaran a la calle, que adónde iba a ir. En el banco le decían que les daba igual: 'O vendes el piso o nos traes el dinero'». «Nos prepararon la tumba bien preparada. Nos llevaron al abismo y ahora nos están hundiendo», sentencia.
El problema básico para la familia Ochoa es que el piso de la calle San Matías no se vende. «El valor que ahora le darán será de 100.000 euros. Pondrán la cantidad que ellos quieran, lo que les interesa. Así, nos amenazan con embargarnos también este piso», se queja.
Las notificaciones del proceso de embargo del piso de la calle San Matías ya han llegado a su casa tras ocho meses sin pagar la hipoteca de 600 euros, aunque perder esa vivienda no es lo que más le preocupa a Patricio: «He nacido de la nada y no me importa volver a empezar. El problema son mis hijos, que están como avalistas. Les van a quitar el salario a los tres mayores y no podemos hacer nada. Ellos, los bancos, son los que han hecho esto. Es vergonzoso, pero son intocables, cada día son más ricos y nosotros más pobres».
Regresar a su país tampoco le motiva a la familia Ochoa. «Es imposible porque no vamos a dejar a los hijos. Nos costó tanto traerlos. Ellos están aquí bien y nosotros allí solos nos morimos». Con el futuro teñido cada vez con tonos más negros, Patricio aún es optimista, aún es valiente, aún tiene ilusiones. «Si nos quitan los dos pisos», promete, «buscaremos en el campo alguna casas en ruinas y arreglarla o lo que sea y tratar de salir adelante». Lo único que pide es una oportunidad: «No he venido para mendigar, sólo quiero un trabajo. No voy a defraudar a quien me lo ofrezca».